Cualquier ruta turística por Uruguay de un viajero primerizo tendrá que pasar casi obligatoriamente por su balneario más famoso. Pues bien, en este post quiero dejar las impresiones que me han quedado después de mi viaje a Punta del Este. Llegamos a esta ciudad después de haber pasado unos días recorriendo Montevideo, y como en esta ocasión viajaba en compañía de mis padres, el ritmo del recorrido fue un poco distinto al que suelo tener cuando viajo solo. Esto, por supuesto, cambia un poco el itinerario; uno busca evitar las caminatas extremas, busca alojamientos más espaciosos y prioriza un poco más la comodidad.

Ya habíamos hecho alguna investigación previa a nuestra llegada y sabíamos que esta zona es conocida por ser el principal destino de veraneo de la clase alta argentina y uruguaya. Punta del Este está ubicada en el departamento de Maldonado, a poco más de 100 kilómetros de la capital del país, y es famosa en toda la región por su exclusividad. Así que, siendo honestos, íbamos preparados mentalmente para enfrentarnos a unos precios bastante elevados.
Punta del Este es, geográficamente hablando, una ciudad peninsular. Es una franja de tierra que se adentra en el mar y que tiene la particularidad de dividir las aguas: de un lado se encuentra la tranquilidad del Río de la Plata y del otro lado ya es mar abierto, el inmenso y agitado Océano Atlántico. Es un destino que durante los meses de verano (especialmente enero y febrero) se llena a reventar de turistas de todo el mundo. Sin embargo, nuestro viaje fue en octubre, y la cara que vimos de la ciudad fue completamente diferente, mucho más pausada y, hasta cierto punto, solitaria.
Cómo planear un viaje a Punta del Este: Llegada y alojamiento
Para llegar al balneario, tomamos un bus desde la capital. Salimos desde la terminal de Tres Cruces en Montevideo, que es una terminal bastante moderna y organizada, nada que ver con el caos que a veces padecemos en algunas terminales de buses de Colombia. Lo hicimos usando la empresa COT, que es una de las opciones más reconocidas y con mayor frecuencia para esta ruta. Cada pasaje nos costó alrededor de 10 USD (poco menos de 400 pesos uruguayos), un precio que me pareció muy justo.
El trayecto en bus dura unas dos horas y el viaje fue bastante cómodo. El paisaje que se ve por la ventana es básicamente campo muy verde, algo de ganado y mucho cielo despejado. Para un colombiano acostumbrado a las montañas y a las curvas interminables, siempre resulta un poco curioso y relajante poder viajar por una carretera tan recta y llana, es una delicia poder ir leyendo o mirando el celular sin los mareos habituales.
Una vez llegamos a la ciudad, nos dirigimos directamente a nuestro hospedaje. Como ya lo mencioné, al viajar con mis padres buscábamos algo de comodidad y espacio para que todos pudiéramos descansar, así que decidimos alquilar un Airbnb. Conseguimos un apartamento relativamente cerca a la playa, ubicado en un edificio muy bonito y de aspecto moderno. Por tres noches pagamos alrededor de 300 USD por un apartamento de dos habitaciones. Puede sonar un poco costoso si se compara con otros destinos de Sudamérica que hemos visitado, pero la verdad es que para el estándar de Punta del Este, y considerando que éramos tres adultos compartiendo un espacio con todas las comodidades, fue un precio razonable.
Recorriendo la península a pie
Durante nuestro viaje a Punta del Este optamos por no alquilar ningún vehículo. Todo el tiempo que estuvimos en la ciudad anduvimos a pie, y la verdad es que la zona de la península es un lugar perfecto para caminar. Nuestro primer objetivo, como el de cualquier turista que pisa esta ciudad, fue ir a conocer los famosos Dedos de Punta del Este. Esta icónica escultura, que emerge de la arena, es el clásico sitio para la foto de rigor. Está ubicada en la Parada 1 de la Playa Brava, y aunque había leído que en pleno verano hay que hacer fila para lograr tomarse una foto decente sin que salgan decenas de desconocidos en el encuadre, en nuestra visita en octubre apenas había un pequeño puñado de personas alrededor.

Después de las fotos, caminamos tranquilamente por la rambla. Acá quiero detenerme en un detalle que nos pareció muy curioso y que no me esperaba encontrar: la cantidad exagerada de conchas en la playa. Literalmente la arena estaba cubierta de ellas, había tramos enteros en los que ni siquiera se veía la arena, solo un manto de caracoles blancos y rosados. Caminar por la orilla crujiendo bajo los zapatos fue una experiencia curiosa. Mis padres se entretuvieron un buen rato buscando las conchas más bonitas e intactas para llevarse de recuerdo.

Nuestra caminata continuó bordeando la costa hasta llegar al altar de la Virgencita de la Candelaria. Es un pequeño santuario al aire libre frente al mar, pintado de un celeste muy llamativo, donde la gente se acerca a dejar ofrendas. Un poco más adelante llegamos a la Punta de las Salinas, que es exactamente el punto más austral de la península y donde, según los mapas, el Río de la Plata se encuentra oficialmente con el Océano Atlántico. Es un lugar perfecto para sentarse en las rocas a contemplar el agua. Muy cerca de allí también pasamos a ver la estación meteorológica y el famoso Faro de Punta del Este, una estructura impecablemente conservada que se alza en medio de un barrio rodeado de casas de arquitectura muy clásica y elegante.

Ese primer día de exploración lo terminamos viendo el atardecer desde la playa. Si hay algo que tiene esta parte del sur del continente son unos cielos increíbles al caer la tarde, los colores se mezclan sobre el agua creando un espectáculo por el que afortunadamente no hay que pagar nada. A lo largo de nuestros tres días también dedicamos varias horas a caminar por la Rambla General Artigas, del lado del puerto, donde el mar es mucho más calmado. Por allí pasamos por el muelle La Glorieta, unas pasarelas de madera muy fotogénicas donde la gente suele ir a mirar los lanchas y yates anclados.

Dónde comer en Punta del Este sin arruinarse
Este es un tema que si bien no es malo, uno tarda en acostumbrarse. Los precios en Uruguay en general son altos, y para los que llegamos de Colombia haciendo la conversión a pesos, sentarse en un restaurante requiere cierto presupuesto. A eso súmenle que en muchos lugares se espera la propina, lo que incrementa el valor de lo que uno paga al final. Sin embargo, logramos encontrar opciones muy buenas y para distintos presupuestos.
El primer día almorzamos en un lugar llamado Rotisería Mucho Gusto. Los menús allí son sumamente sencillos y el ambiente es casual, de barrio, pero valga la pena decirlo: fue lo más barato que comimos en todo nuestro paso por el país. El «menú del día» nos costó unos 340 UYU, lo que equivale a unos 8 USD. Considerando los precios exorbitantes que se manejan en los restaurantes cercanos a la zona del puerto, esto fue un verdadero salvavidas. La comida era casera, rica y las porciones apenas justas para continuar la caminata sin sentir pesadez.
En otro de nuestros almuerzos fuimos a un restaurante llamado «Tamos de acuerdo». Acá la experiencia fue diferente, la comida estuvo estupenda, pero lo que más quiero destacar es el excelente servicio, algo que la verdad se nota como una constante en todo Uruguay. La gente atiende de buena gana, son sumamente amables y te hacen sentir bienvenido desde el primer momento.


Y como en todo paseo siempre hay espacio para el postre, una tarde fuimos a comer un helado en una heladería que es casi una institución en la ciudad: la gelatería Arlechino. Siempre habíamos leído que era una parada obligatoria y no decepcionó. Los helados son estilo italiano, muy cremosos, y definitivamente vale la pena ir a probarlos.
Pero no todas las comidas las hicimos sentados en restaurantes. Uno de los almuerzos que más disfrutamos fue directamente en la playa. Fuimos al supermercado Disco, que es una cadena grande por allá, y compramos pan, quesos, algunos fiambres para armarnos unos buenos sándwiches y, por supuesto, una botella de vino. En el sur de América el vino es excelente y se consigue a un precio mucho más accesible que en Colombia. Nos fuimos caminando hasta la arena y nos sentamos a comer tranquilos. Ese es el tipo de cosas que, por lo menos para nosotros, tienen muchísimo más valor que sentarse en un restaurante de manteles blancos, y además es un gran alivio para el bolsillo.
La vida nocturna y el letargo de la temporada baja
Durante nuestra estadía queríamos salir a ver un poco de la famosa vida nocturna de la ciudad. Una de las noches decidimos salir a tomar una cerveza y terminamos entrando al bar de Patagonia. Sabíamos por internet que la vida nocturna de Punta del Este tiene fama de ser vibrante, con muchas fiestas y eventos exclusivos, pero tal vez por la época del año en la que fuimos, todo estaba completamente vacío. Había muy pocas personas en los bares, y el ambiente era más bien el de un pueblo que apenas está despertando de su hibernación.
En general, nos sorprendió muchísimo que la ciudad estuviera tan sola. Al menos hacia la zona costera en la que estuvimos y por donde caminamos de noche, casi no se veía movimiento de carros ni de personas. Ver esos gigantescos edificios de apartamentos de lujo completamente a oscuras es casi como estar caminando por una ciudad fantasma de primer nivel. Esto evidencia que la inmensa mayoría de esas propiedades son residencias de verano que solo se habitan durante unas pocas semanas al año.

Todas estas consideraciones pueden ser apresuradas y producto del momento específico de nuestra visita, pero quería dejarlas plasmadas. No es que la soledad me haya parecido algo malo ni feo, todo lo contrario. Como iba en un plan tranquilo con mis padres, el no tener que esquivar multitudes en las calles ni hacer filas de dos horas para comer resultó ser un punto muy a favor. Es una verdadera locura poder caminar a altas horas de la noche por la rambla sintiendo una total seguridad, sin pensar que alguien va a salir de un rincón a asaltarte, es genial poder sacar el celular en cualquier parte sin ningún miedo.
Seguramente una persona que viaja buscando fiesta y desenfreno en enero se llevaría una impresión totalmente distinta de Punta del Este. Pero para nosotros, los paseos sin afanes, los sándwiches en la arena y caminar abrigados frente al mar fueron más que suficientes para comprobar con nuestros propios ojos la belleza de esta punta de tierra y llevarnos un excelente recuerdo de nuestro paso por Uruguay.
